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martes, octubre 30, 2007

LA MUDANZA


Siempre he creído que a la hora de afrontar una mudanza y preparar el hatillo para irse a vivir a otro lugar tiene que ser muy difícil poder discernir bien entre todas aquellas pertenencias que son realmente necesarias y aquellas otras que no lo son. Es cuando nos solemos dar cuenta de la ingente cantidad de cosas materiales que vamos almacenando a lo largo de nuestra vida, ya sean objetos auto-proporcionados o ya sean regalos que nos han hecho y que han servido para engordar nuestra autoestima. El asunto es que tenemos mucho... mucho más de lo que necesitamos.
Compruebo asustada toda esa torre de paquetes que se alza frente a mí: “…esto es de Andrés, aquello me lo regaló Marisa, lo de más allá fue gentileza de Luis, eso de ahí me lo traje cuando estuve en Alemania...”
Es tanto como tener apilados ante nuestros ojos un montón de recuerdos.
Lo intento guardar todo en varias cajas, en bolsas, en fardos...pero invariablemente acaba por desbordarme la situación. Contemplo el maletero del coche -es amplio pero limitado, aunque los recuerdos no lo sean, “lástima, no me entran todas las cajas y quería llevármelas a ser posible en este viaje”-
Lo reviso de nuevo para ver si puedo prescindir de algo más, “esto sí, esto también...sí, sí...esto no, esto otro lo dejo aquí y ya volveré a por ello algún día...esto tampoco...”
Bajo otra vez al coche cargada como una mula; he reducido sensiblemente el equipaje pero, con todo y con eso, no puedo cerrar el maletero, las ruedas apenas se ven y los bajos del coche casi rozan el suelo.
Empiezo a cabrearme, las mudanzas siempre me han resultado odiosas ¡cómo las detesto! Menos mal que ésta servirá para mucho tiempo, al menos eso espero. Subo a casa, “aún tengo que eliminar mucho material...los libros ¡rayos, cómo pesa la cultura! Encima tengo tantos...”
Empiezo a estar exhausta, así que me siento al borde de la cama, sujeto mi cabeza con ambas manos para que no se vaya volando y a cambio suelto un sollozo: “No puedo, no puedo llevarme tanto, tampoco dispongo de espacio suficiente en mi próximo hogar para poderlo guardar. Es inútil. Está bien, me cuesta hacerlo pero lo tengo decidido ...”
Paseo la mirada por encima de todos esos elementos, atrapo los recuerdos que hay dentro de ellos y los clasifico: los tristes a este lado y los alegres a este otro.
Extraigo una llave muy pequeña de un cajón de la cómoda, la aplico a una de mis sienes y abro este cofre que llevo escondido bajo la peluca; ahora está más exigua, eso sí, pero antes... cuando me miraba al espejo...¡ah! Tenía tanto pelo que creía hallarme frente al eslabón perdido entre el hombre y el mono.
Con sumo cuidado voy depositando dentro todas las sensaciones recogidas por riguroso orden, y, sorprendida, veo que caben todas, “ya está, ahora sí, ahora puedo irme”. Vuelvo a cerrar el cofre, recompongo mi peinado, arrojo la llave al inodoro y suelto el agua para que nadie sea capaz de llevarse algún día mis recuerdos.
Por fin, libre. Es posible que ahora vaya a mi nuevo destino caminando verso a verso, golpe a golpe, con un cayado y una concha de peregrino. Creo que no me va a hacer falta ni coche, ya ven...

domingo, octubre 28, 2007

ECUACIÓN


Unas cuantas cervezas, varios vinos en la cena, tres Larios con tónica y un tipo tan borracho como una cuba, en un local de copas, empeñado en subirse a la mesa del pincha con un picador de hielo en la mano, a la voz de: “efsta doche, fincho ysho...”, arroja como resultado de dicha ecuación:
La huída en estampida desde las mismas entrañas de la mesa de mezclas, la regurgitación del gira discos de vinilo y la diarrea pertinaz del sampler que, tras ser golpeados convenientemente con un objeto punzante, entre aspavientos de dolor, obligan a poner pies en polvorosa a ritmo de pop, rock, funky, heavy, techno, house, hip hop, hula, hula- hop... a un nutrido grupo de amedrentados músicos y cantantes, que se lanzan despavoridos a través de las calles a buscar refugio en los acogedores brazos del MP3 de todos aquellos solitarios melómanos, receptivos y fascinados, que se dejan seducir y acariciar por la música.

viernes, octubre 26, 2007

MAGIA


A los postres, el Mago sacó una carta de la manga y lanzó un reto a la concurrencia:
-A ver quién adivina qué carta es-
-La sota de copas- Le dije.
-¿Cómo lo sabes?- Preguntó sorprendido.
-Esa carta simboliza el amor y tus ojos me dicen que estás enamorado-

Entonces se aproximó a la mesa, acercó su cara a la mía y rozó mi mejilla con su barba -la de los magos es suave, al contrario que otras barbas, ésta no pica-. Me ruboricé y sentí que algo agradable recorría mi espina dorsal, un escalofrío de gozo. Rogué a Dios que me convirtiera en piojo o garrapata para anidar en esa barba y así permanecer más tiempo asida al mago, prendida y prendada de él. Pensé que lo que pretendía era premiar mi astucia con un beso, o tal vez extraer de la parte de atrás de mi pabellón auditivo dicha carta, la acertada; pero no... simplemente se apropió, con sus labios, de un cigarrillo que llevaba apoyado sobre mi oreja. Es una mala costumbre, lo sé, lo sé...una señora no debiera llevar el tabaco en ese sitio; pero, además de no ser una señora, yo utilizo esa estrategia para neutralizar mi look tacón de aguja con un aire más arrabalero y canalla.
-¿Tienes fuego?- Preguntó.
Completamente excitada y extasiada le miré a los ojos –ojos de hechicero, pues todo mago que se precie debe tener, al menos, un par de ojos de esas características-.
-¿A ti qué te parece?- Le respondí.
Y le presté el mechero

miércoles, octubre 24, 2007

ESTOY CANSADA


Estoy cansada.
Estoy cansada de gritar en el desierto hasta quedar afónica.
De asomarme a través de una ventana y contemplar extasiada una calle por la que no pasa nadie.
De levantarme y acostarme con miedo, con ese oscuro temor a que el día menos pensado se rompa el hilo de seda que me ata a la muerte... y empiece a vivir de nuevo sin acordarme del pasado –con lo que eso supone-.
De enfadarme los martes y contentarme los miércoles por las mismas cosas, de empaparme con ellas y engañarme diciendo: “este agua moja pero no cala.”
De tener que soportar cómo el verdugo que me envenena día a día, no hace más que echarme en cara mi fuerte hedor a muerto.
De escuchar risas y cuchicheos a mis espaldas que, convenientemente traducidos, vienen a decir: “ Mírate en el agua del río, ya verás que no eres más que una pobre loca...”
De rugir como un león, dándome golpes de pecho, para no admitir mi cobardía y asumir que, cada día que pasa, mi peso específico se devalúa igual que la moneda de un país en guerra.
De mirar hacia arriba, detrás de las nubes, y ver que sólo hay cielo.
Estoy cansada, por eso me siento.
Estoy cansada. Quiero irme.
Pero no puedo.

lunes, octubre 22, 2007

LA LARGA CAMBIADA



Vi cómo se me venía encima. No me quedaba otra solución que rezar o plantarle cara, pero lo que decidiera debía hacerlo en cuestión de segundos. Un elemento así no admite titubeos de ninguna clase.
El fogonazo de un flash-back me hizo recordar mis antiguas épocas de lidiador, antaño, cuando me presenté en esta misma plaza de Las Ventas ¡la mejor del mundo!
Tuve que vérmelas con un par de morlacos que llevaban tatuado sobre su piel el hierro de Mihura. Ja, ja, ja...¡hay que ver qué listos eran esos cabrones! Tenían bien merecida su fama de ásperos porque, los que entienden, dicen que eran unos toros que desarrollaban mucho sentido, y pronto sabían donde estaba el bulto, lanzándose a por él en medio de un festival de derrotes y tarascadas.
He de reconocer que me he sentido siempre muy identificado con esa divisa, pues -los que entienden- también afirman que mi embestida es de naturaleza bronca y antipática.
Por eso el otro día quise volver de nuevo al lugar que me corresponde por ley. Había dejado atrás Gran Vía y enfilaba Alcalá en dirección Ventas. Podía sentir su aliento en mi cogote. Recordé aquella máxima que me enseñaron cuando era novillero y aún me faltaban algunos años para tomar la alternativa; una norma básica de manual: "Jamás le pierdas la cara al toro. Cuando cites, hazlo de frente, pero cuando salgas de la suerte tampoco le des la espalda, es necesario que él sienta tu respeto... pero también tu hombría."
Por eso, de súbito, me giré. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto e hice un trompo allí mismo, en medio de la calle, entre la admiración de unos pocos, el espanto de muchos y el asombro de todos. Aferré fuertemente el volante entre mis manos como si fuera un capote -de hecho sentí el mismo subidón que cuando esperaba a porta gayola al del traje negro, mordiendo la esclavina, con la montera calada hasta las cejas-; solté la mano izquierda y agité en al aire la derecha, haciendo ondear un percal imaginario. Me postré de hinojos y con un hábil juego de cintura me colé a través de uno de los arcos de la puerta, a escasos milímetros de rozar el muro, entre los gritos y ovaciones de la afición. La Puerta de Alcalá, tras esa primera larga cambiada, quedó perfectamente colocada en el centro de la Plaza de la Independencia, para que, el que suscribe, le hilvanara con enjundia una interesante tanda de pases en un vibrante y arriesgado tercio de capote.

viernes, octubre 19, 2007

CORRE, ESTÁ SONANDO TU CANCIÓN.


Escuché una voz que me decía: "corre, está sonando tu canción...", y emprendí una loca carrera a través del oscuro callejón.
Según avanzaba, unas sombras provenientes de la pared, seres fantasmagóricos con horribles y deformes rostros, me hacían burla y extendían unas manos largas y huesudas como sarmientos, sujetándome para impedir que pudiera llegar hasta la calle adyacente de donde procedía la música. El sonido lúgubre de un acordeón, interpretando mi canción -nuestra canción-, quebraba el silencio de la calle dormida. Cuanta más prisa quería darme para llegar, más impedimentos me ofrecían esos rostros cansados y famélicos, esas escuálidas imágenes que me miraban con hostilidad. Creí reconocer entre ellas a alguno de esos personajes plasmados por Goya, danzando en torno a un perverso aquelarre, alimentado por el humo resinero de la tinta china o el ácido nítrico de un aguafuerte. Cada vez que conseguía zafarme de uno de esos abrazos diabólicos, venía otro, y luego otro, y luego otro... hasta que finalmente salí de la callejuela y me incorporé a la calzada principal como si nada hubiera pasado. Yo intuía que tras ese acordeón debía de estar él, por eso tenía interés en llegar lo más rápidamente posible. Frenética, miré hacia ambos lados de la calle dudando sobre qué rumbo tomar. Agucé el oído y percibí que el sonido era mucho más nítido por el lado izquierdo. Me dirigí hacia allí. Llegué hasta un descampado donde giraba, dando vueltas y más vueltas, un enorme tiovivo. Me acerqué a él y me entregué a su magia y fantasía igual que un niño se entrega a la noche de reyes. En ese lugar no reinaban las tinieblas ni las sombras, tampoco había fantasmas ni monstruos... Las caballerías del carrusel no llevaban jinete alguno encima de ellas, salvo una cebra que transportaba en su grupa a un payaso con una peluca roja rizada y una gran bola por nariz. El susodicho abrazaba y apoyaba sobre sus muslos un acordeón. Con unos dedos largos y delgados, enguantados en blanco, pulsaba y acariciaba sus teclas y sus botones. Complacientes sucumbían bajo su suave presión y, dóciles y voluptuosas, se dejaban seducir por ellos, emitiendo delicados gemidos hasta llorar de placer una balada, la balada más hermosa y triste del mundo.

miércoles, octubre 17, 2007

EL SOLICITANTE


El jefe escuchaba atentamente y escudriñaba el rostro del solicitante, escudando sus ojos tras una gafas de montura dorada. El aspirante iba desgranando y salmodiando toda una serie de argumentos en favor suyo para ser admitido en la empresa.
Tras unos breves instantes de deliberación, los necesarios para que extrajera un enorme puro habano de una caja forrada de cuero y lo encendiera, el director de recursos humanos tomó el informe que estaba desplegado sobre la mesa, lo leyó por encima y, soltando una intensa bocanada de humo, hizo uso de la palabra:

-“Está bien... Así que dice haber engordado mucho en los últimos tiempos, veinte kilos exactamente, por lo que, a día de hoy, usted mismo reconoce sufrir un sobrepeso de aproximadamente treinta y cinco kilos respecto a lo que sería su peso ideal ¿no?... ¿No hace ningún tipo de deporte? ¿Acaso no sigue una dieta equilibrada? ¿Abusa del alcohol y del tabaco? ¿Consume drogas? ¿Tal vez está en tratamiento con corticoides o antidepresivos...? Humm... También asegura el informe que aporta que no se ha acostado con una mujer desde hace varios años... ¿De siempre ha tenido tan poco éxito con las mujeres? Confiese sin pudor... estamos entre hombres. ¿Ha ido a la consulta de un sexólogo alguna vez por un posible problema de disfunción eréctil? Impotencia... para entendernos. Por otro lado dice aquí que ha sido víctima de horrendas pesadillas en las que se veía involucrado en varios atascos... ajum... pero... ¿todos esos atascos los sufría el mismo día o simplemente estaba en uno de ellos cada vez que soñaba...? ¿En qué empleaba el tiempo mientras duraban dichos embotellamientos...?”-

El futuro jefe lanzaba las preguntas sin tan siquiera mirar la cara del candidato al puesto. De hecho no apartaba su vista del papel y, con displicencia, le iba echando el humo encima mientras hablaba.

-“Bueno... mire, en realidad yo sólo vengo en busca de un nuevo trabajo, no entiendo muy bien todo este cuestionario al que estoy siendo sometido. Son temas muy personales que, francamente, no creo que procedan”- balbuceó el solicitante, sintiéndose un tanto confuso.
-“ Sí...sí, tiene razón, pero verá... para este puesto todos esos asuntos que, en principio parecen irrelevantes, tienen su importancia, ya ve... Como para cualquier otro trabajo aquí también se requiere un determinado perfil. ”-

El empleado enarcó las cejas con gesto de duda.

-“ No sé, no sé... yo pensé que esto iba a ser algo más sencillo. He venido aquí para cambiar de vida. Todos estos años que me he pasado encerrado en un convento de dominicos me han hecho reflexionar y ver las cosas de otro modo. Dudo de mi verdadera vocación y he decidido darme una tregua y probar otro oficio -también vocacional- para el que creo estar sobradamente preparado, pero la verdad... no imaginaba que tendría que pasar por este filtro. Me siento un tanto decepcionado...”-


-“Está bien”- dijo el director –“Por ser usted, respóndame únicamente a la última pregunta que pasa por ser la más importante de todas de cara a este oficio: ¿Qué hacía en sus sueños durante los embotellamientos?”-

-“Su... sudokus... eso es lo que hacía”- dijo tímidamente.

-“Bieeennn... respuesta correcta. El puesto es suyo, reverendo. Puede empezar este mismo lunes. Ah... y que le vaya divinamente en su nueva vida”-

El jefe estrechó la mano del nuevo empleado con un fuerte apretón y le acompañó hasta la puerta.
El empleado, a su vez, respiró aliviado cuando supo que ya estaba admitido.

-“Muchas gracias, je,je,je... qué rato más malo me ha hecho pasar, Señor Director, por unos momentos creí que tenía que regresar de nuevo al convento”-

Al salir, cerró tras de si la puerta de la Productora y, con orgullo, sacó pecho al leer el letrero informante de su nueva empresa. Sonaba bien. En realidad le sonaba a música celestial:

Producciones “X” “El Chocho Loco” .
Oficina de Recursos Humanos.
Abierto nuevo plazo de contratación para actores porno.

lunes, octubre 15, 2007

¡A REMAR, A REMAR!



Permanecían sentados en silencio, uno al lado del otro. Reinaba calma chicha. No corría ni una brizna de viento. La mujer al verse en medio de la más profunda oscuridad sollozaba sin consuelo. Tan sólo una luz lejana y oscilante emitía pequeños parpadeos de vez en cuando. El hombre, para no agobiar más a su pareja, intentaba superar la situación disimulando su propia angustia. A medida que pasaba el tiempo era más difícil de sobrellevar la tensión que, ya de puro espesa, se podía cortar con un cuchillo. Ella, estrujando nerviosamente un pañuelo entre sus manos, le miraba de reojo posiblemente esperando una solución desesperada. Llevaba por encima de sus hombros una rebeca roja, y el cabello, muy tirante, lo tenía recogido en la nuca. Su mirada era de súplica.
Por fin el hombre se remangó. Sus brazos eran muy fuertes y en ambos lucía sendos tatuajes, dos anclas marinas. De un solo trago se echó al coleto la totalidad del contenido de un recipiente metálico, después colocó su sempiterna pipa encendida a un lado de la comisura de la boca, lanzó una bocanada de humo, escupió en sus manos, las frotó enérgicamente y empezó a remar.

-“Está bien, Rosario, no te preocupes... saldremos de ésta, como siempre”-

Jamás pudieron con él, jamás pudieron superar ese triste final. Cada vez que veían Titanic en DVD, al llegar las últimas escenas, a él le tocaba remar y remar sin descanso con los palos de dos escobas, subido a bordo del sofá de cuadros que estaba en el salón. Ya era como un ritual; solo que, en lugar de palomitas. Popeye se ponía ciego a espinacas en conserva.


sábado, octubre 13, 2007

CURIOSIDAD GATUNA



El gatito miró con gesto interrogativo al ratón: “yo me bajo en la próxima ¿y usted?”.
Ambos caminaban sigilosos sobre una estructura metálica en forma de pasarela, evitando por todos los medios ser descubiertos. Podemos ser enemigos acérrimos de alguien, pero el destino sabiamente ya se encargará de unirnos ante la adversidad, no le quepa la menor duda. Es lo que les ocurría a esos dos sujetos que se deslizaban por encima de los hierros, arrastrando sus largas colas.
Abajo, una cinta transportadora paseaba cadenciosamente de manera automática, un número considerable de envases con un contenido líquido de color blanquecino en su interior.
El gato, curioso por naturaleza, quería conocer de cerca la esencia de dicho fluido. Por eso, sin pensárselo demasiado, le hizo una mueca de “ahí te quedas” al ratón, y de un salto limpio se arrojó al vacío, yendo a caer de patas sobre uno de los recipientes.
El líquido estaba tibio, parecía leche, pero debía de contener azúcar en abundancia, pues, a los pocos instantes de salir por pies de allí, el gato empezó a sentir sobre su pelaje una especie de apresto que parecía que le hubieran rebozado con una capa de almidón.
Brincó al suelo y se refugió detrás de unos cajones vacíos. En menos de diez minutos el animal ya presentaba un aspecto semifósil. No podía mover ningún músculo salvo los ojitos que, milagrosamente, se habían librado del mejunje. Providencialmente pasó cerca de él una gatita persa. Digo providencialmente porque, si es raro –e indeseable- que en una fábrica de productos alimenticios haya ratones, más difícil aún es que haya un gato -y ya dos... no digamos-.
Pues bien, la hermosa gata persa, con un cascabel atado al cuello, reparó en su presencia y se acercó a olisquear a la víctima. Pareciéndole que la cobertura de su homólogo ofrecía un excelente aroma y mucho mejor sabor, empezó a propinarle lengüetazos de arriba abajo. Según pasaba su lengua áspera como lija, se iba desprendiendo poco a poco la coraza del minino. Al lamer por encima de la tripita, éste se empezó a mover convulsivamente bajo los efectos de las cosquillas que le procuraba dicho lameteo. Cuando le tocó el turno a la minina –a la del gato-, sintió una sensación de lo más agradable, llegando hasta sus oídos una melodía que a él le pareció que estaba siendo interpretada en clave de francés.

-“Marramamiau...miau...miau...miauuuu”- pensó él.
-“Humm...humm...humm...miau...miau...”- pensó ella.
-“Asiiií...así... más...maaaás ...sí, sí... humm...sigue...sigue...no pares..ah, aaah...humm...miaaaauuu"- pensó él.

Total, que en menos que canta un gallo, el bicho estaba limpio de polvo y paja. Bueno... de paja algo menos.
Se quitó el sombrero ante la hermosa dama y se despidió de ella diciéndole “vuelve por aquí cuando quieras”.
Al día siguiente, considerando que la pasada experiencia había sido de lo más placentera, el lúbrico felino quiso repetir, para lo cual aplicó la misma fórmula. Se subió a la palestra, saludó al ratón y le repitió la frase del día anterior: “Yo me bajo en la próxima ¿y usted?
Se había puesto especialmente seductor: recortándose las uñas, retirando las molestas pelusas que se forman con los pelos que uno va soltando diariamente, arreglándose las pestañas, eliminando una manchita de café que se le había derramado por encima a la hora del desayuno... Encendió un fósforo, prendió un cigarrillo y con la última calada se lanzó sobre una de esas calderetas que pasaban por allá abajo.
Embadurnado hasta las cejas, pero menos preocupado que ayer por su suerte, fue silbando de contento a resguardarse tras el cajón. Esta vez se tumbó despatarrado y todo para darle más facilidades a la gata. Mantenía los ojos entornados tratando de imaginar lo que se le avecinaba. A su mente acudían imágenes de gatas salvajes provistas de látigos y ligueros.
Oyó pasos, quiso empinar sus orejas pero no pudo. En realidad no podía empinar nada, prácticamente estaba entablillado. Por fin vio acercarse una sombra.
Cuando apareció un impresionante dogo argentino por detrás del cajón, creyó que el corazón -que por cierto, era lo único que podía mover- se le salía por la boca.
-“Marramiauuuu...pffffzzz...pfffzzz...”- quiso decir (pero no lo dijo).
-“Grrr... grrr...grrr...ñam...ñam...ñam...ñampfgz...ñampgfz...”- quiso decir el perro (¡y lo dijo!).



Nota: La gatita de la imagen es Mitshubisi, mi gata.

jueves, octubre 11, 2007

AFINANDO EL INSTRUMENTO



Irrumpí en el lavabo. Ya sólo faltaba yo. Flautas, oboes, fagotes, clarinetes, trompas, trombones, trompetas y una tuba, me aguardaban enhiestas, allí dentro, expulsando a través de su tubo digestivo una gran profusión de notas desiguales, arrítmicas y anodinas.
Con mi diminuto flautín de la mano parecía un niño. Al verme entrar se produjo un embarazoso silencio y todos dejaron de afinar los instrumentos. Con sorpresa -y conmiseración, diría yo- clavaron sus miradas en mi persona. Yo, sin apenas despeinarme y desposeído de cualquier atisbo de complejo, inicié mi interpretación: un solo de flautín maravilloso que rompió el aire con unas notas poderosas y vibrantes, un auténtico chorro, qué digo chorro... un verdadero torrente de sonido que hizo palidecer de envidia a todos los allí presentes.
Los dueños de los aparatos, corridos y cabizbajos por la vergüenza, guardaron cada uno su instrumento dentro del correspondiente estuche y salieron en fila india del lavabo.
Me quedé allí solo tan a gusto, obsequiándome a mi mismo con un auténtico recital de flautín, "El último con-pis".

miércoles, octubre 10, 2007

LA MALDICIÓN


Algo muy malo he debido hacer en mi anterior vida, pues una especie de maldición pesa sobre mí: si quiero ser libre y mostrar al mundo mi verdadera identidad, debo pasear descalzo y sin sombrero bajo la lluvia.
El agua incordia. Por eso he decidido ver pasar la vida asomado a los cristales de esta ventana. Por eso, cada vez que miro al cielo, sólo veo una cúpula gris, la de mi inmenso paraguas. Por eso nadie sabrá quién soy yo, cada vez que me mire.

lunes, octubre 08, 2007

LA SUERTE NO ES PARA QUIEN LA BUSCA


Pues sí, amigo, creo que era ella.
Estaba apostado ante un semáforo, cuando miré hacia mi izquierda y me pareció que la que entraba en la librería era ella. Sus mismos andares, el mismo estilo en el vestir, siempre fiel a su peinado y... no sé... estaba demasiado lejos para percibirlo, pero yo juraría que llegó hasta mi su aroma inconfundible.
Se puso rojo el semáforo y nos detuvimos varios transeúntes, tanto a un lado como al otro de la calle. Mi corazón también se detuvo durante unos segundos al verla de nuevo.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces y nuestras vidas han cambiado -¿si?...Tal vez no tanto-. Nos fuimos de aquella ciudad y tomamos rumbos diferentes; y ahora, después de varios años, me la tengo que encontrar aquí, en Chicago, como si el mundo fuera un raído pañuelo. Yo creo que esa es la causa precisamente: que está demasiado raído y nos vamos colando por los agujeros de la tela hasta llegar al punto de partida, sin haber tenido necesidad de dar la vuelta completa al pañuelo.
Antaño se alejó de mi lado y, a pesar del desgarro que me produjo la ruptura, seguí viviendo; igual que uno vive sin un brazo, sin una pierna, con gafas, con dentadura postiza... Vas tirando, no es lo mismo, pero te acostumbras. Son medidas paliativas, eso es lo que digo siempre.
No me creerás, hermano, pero estoy convencido de una cosa: la vida se nos presenta como una bolsa opaca llena de bolitas pequeñas, de esas de colores. Dentro de esa bolsa está nuestra gran oportunidad en forma de bolita de color rojo. Entre todas las que contiene, tan sólo hay una roja. Introducimos la mano varias veces y cada una de ellas extraemos una de esas bolas. Suele ocurrir que por alguna ley de probabilidades -y por la de Murphy también-, nos sale cualquier color menos el que estamos buscando. Puede que la rocemos con los dedos en muchas ocasiones, e incluso que la tengamos cogida de la mano, pero al final la soltamos y siempre sale otra, justo la que no queremos o la que no conviene.
Esa mujer era mi bola roja, la quería con locura, pero ya ves... la dejé escapar. Después han llegado más; aunque posiblemente, lo que llevaba realmente a la práctica cuando estaba con ellas, eran falsas intentonas de conseguir la bola buena y al ver que ninguna era la que buscaba, sencillamente... me libraba de ellas. Ya lo sé, ya lo sé, hermano... echar balones fuera –en este caso bolas- es una manera muy prosaica de asumir los propios fracasos, pero así se me hace más llevadero pasear con este fardo que llevo a cuestas.
Y el otro día la tenía ahí mismo. La bolsa negra estaba abierta en pompa y lo único que yo debía hacer era meter la mano y llevarme el premio sin ningún riesgo, sin equivocaciones.
Pensé en hacerlo ¿sabes? Me daba igual que el tipo que estaba fuera, esperando agarrado al volante de un coche, fuese su acompañante. En el fondo me la sudaba que el paisano tuviera la misma complexión física que un búfalo, pues creo que, llegado el caso, le hubiera vencido por KO y me hubieran sobrado once asaltos para celebrarlo. Estaba tan seguro que ella me seguía queriendo... como que ese jodido semáforo había cambiado a verde.
Pero por un instante calculé que sin esa emoción que procura el azar a todas y cada una de nuestras decisiones, es decir, sin vendarnos los ojos con un pañuelo antes de lanzarnos al vacío, lo de "tener suerte" no sabe igual ¿entiendes?. Así que crucé la calle con la vista puesta en la librería, asumiendo que posiblemente volvería a alejarme de su lado para siempre.
De pronto escuché el ruido de un frenazo...ñiiiiic.... y sentí que volaba por los aires para después caer sobre el asfalto varios metros más allá de donde estaba inicialmente. No perdí el conocimiento en ningún momento, lo digo porque oía decir a la gente que se apelotonaba a mi alrededor: -“Pero, por Dios... ¿cómo no se habrá dado cuenta que el semáforo aún estaba en rojo con la velocidad que lleva el tráfico en esta calle?”-

¿No te lo decía yo, hermano? Aunque sea rara vez, alguna de ellas se consigue la bolita roja.

sábado, octubre 06, 2007

EL TRICOT DE PENÉLOPE


Pasó lo que tenía que pasar. Penélope no jugaba a ser mito, no quería ser divina. Sólo aspiraba a ser humana, de carne y hueso.

Tomando las agujas entre sus hábiles dedos, empezó a tricotar un suéter para Ulises. Al poco tiempo de iniciar, éste, su largo periplo, ella se enamoró de un grumete de tez morena, piel tatuada y grandes ojos negros de fuego que quemaban como ascuas. Tanto, tanto quemaban, que a veces cuando estaba tejiendo había de soltar las agujas porque su mirada le abrasaba las manos. Entonces se le caían los puntos y tenía que deshacer y volver a empezar de nuevo la labor, mientras un despistado Ulises escuchaba en la radio a cierta cantautora entonar “Cantos de sirena”. Penélope tejió y destejió hasta que perdió la cuenta de los puntos que llevaba.

Ulises se percató de lo que estaba ocurriendo. Sonó un clarín. Su orgullo de hombre no pudo soportar tamaña traición:

-“¿No sabes que odio los suéteres de cuello alto? ¿Cómo has podido hacerme esto a mí, con el calor que hace en Ítaca? ¿Has olvidado que te pedí uno con cuello a la caja?”-

Andrajoso, harapiento y sin jersey, Ulises tensó el arco y disparó certero al mismo corazón del grumete que, sin aspavientos, abatido cayó al agua. Penélope deshizo de nuevo la prenda y, suspirando resignada, empezó de nuevo a tejer sin apartar su vista del agua.

viernes, octubre 05, 2007

LA GUITARRA EN EL SALÓN

“Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase una guitarra...”

El poeta, desesperado e incapaz de seguir dibujando una canción, arrancó una cuerda de la guitarra, la anudó a su cuello y se colgó de lo alto de una viga del salón. Inesperadamente una musa acudió en su auxilio:
“... Cuánta nota dormía en sus cuerdas, como el pájaro duerme en las ramas...”

Por fin, eufórico, mientras sus pies se balanceaban en el aire como los de un pelele, sacó una navaja del bolsillo del pantalón en un vano intento de evitar que la cuerda se clavara en su cuello y le estrangulara; pero la navaja era tan pequeña, tan pequeña... que a la cuerda sólo le produjo cosquillas. Su contagiosa risa, unida a los agónicos estertores del poeta, pusieron finalmente música a su letra.

miércoles, octubre 03, 2007

MEJOR, MAÑANA


Terminaron de cenar y se levantaron simultáneamente de la mesa. Él se quedó contemplando la vajilla y, tras unos instantes de vacilación, dijo:

-“Mejor, mañana, con más calma”-

Ella le guiñó un ojo con picardía, sonrió, le agarró de la corbata como si fuesen unas riendas, y tiró de él -suavemente pero con decisión- en dirección al dormitorio, a la vez que aseguraba:

-“No... No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”-

Al salir, apagó la luz de la estancia. Sobre la mesa quedaron bostezando de tedio unos platos con restos de comida reseca, unos vasos usados, varias servilletas de papel arrugadas y una botella de vino medio vacía –o medio llena...depende del grado de optimismo de quien analice la botella-.

martes, octubre 02, 2007

LA LOBA DEL CASINO


Cuando la loba salió del Casino, miró al cielo, vio la luna y, rascándose el bolsillo, pensó con fastidio:
-"¡Qué lata, otra noche sin luna llena, otra vez a esperar...! Bienaventurado el que tiene un as en la manga, pues mantiene la ilusión y controla la jugada; bienaventurados los que no sabemos ni tener las cartas... ya sólo nos queda la ilusión, pero es mejor que nada..."-
Con el rabo entre las patas entró de nuevo al viejo y elegante edificio, esta vez con toda la intención de dejarse la piel en la siguiente apuesta

lunes, octubre 01, 2007

DIFERENCIA ENTRE SABER Y CREER


Venía sospechándolo desde hacía mucho tiempo, pero no es lo mismo suponer algo que tener la certeza de ello por boca de su artífice. Lo que se mueve bajo la tierra y bajo nuestros pies, en lo que no se manifieste carece de credibilidad y de potencialidad. Ha de tratarse de una fuerza superior a la de un terremoto, pero hasta que no escuchamos su potente rugido no sentimos que vibra nuestro cuerpo; hasta que no nos sentimos sobrecogidos por el trueno, no nos damos cuenta que se ha desatado una tormenta; es más... el relámpago previo nos ilusiona de igual manera que unos fuegos de artificio. Intuía que me guardaba un odio visceral –o tal vez me quería demasiado...-, lo cierto es que amor y odio son pasiones y por lo tanto de la misma ganadería, llevan en su sangre genes hermanos. Nunca me lo había confesado, pero yo lo notaba en su actitud, en sus gestos y en su mirada. Sabía lo que estaba pensando y su talante me hacía barruntar lo peor. No obstante yo vivía feliz y ajena al peligro, como si entre él y yo existiera un muro de piedra o una gruesa mampara de vidrio. Justo la cristalera del mueble que albergaba a los dos en su interior: al buitre y a mi marido; disecados ambos, antes de que intentaran hacerme picadillo para convertirme en pasto de hamburguesería.