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miércoles, octubre 21, 2015

Ecuación


Unas cuantas cervezas, varios vinos en la cena, tres Larios con tónica en un local de copas, y un tipo tan borracho como una cuba, empeñado en subirse a la mesa del pincha con un picador de hielo en la mano, a la voz de: “efsta doche, fincho ysho...”, arroja como resultado de dicha ecuación:
La huída en estampida desde las mismas entrañas de la mesa de mezclas, la regurgitación del gira discos de vinilo y la diarrea pertinaz del sampler que, tras ser golpeados convenientemente con un objeto punzante, y entre aspavientos de dolor, obligan a poner pies en polvorosa, a ritmo de pop, rock, funky, heavy, techno, house, hip hop, hula, hula- hop... a un nutrido grupo de amedrentados músicos y cantantes que se lanzan despavoridos, a través de las calles, a buscar refugio en los acogedores brazos del MP3 de todos aquellos solitarios, melómanos receptivos y fascinados que se dejan seducir y acariciar por la música.


martes, octubre 20, 2015

MIRADAS, MIRADAS, MIRADAS...


MIRADAS, MIRADAS, MIRADAS…
Fue una de esas tontas casualidades de la vida la que quiso que coincidiésemos mi marido y yo, en un evento social, con mi amante -el muy cobarde- y su señora. El caprichoso azar quiso, además, que nos viésemos obligados a compartir mesa y mantel con ellos amén de con otros comensales, y ahora digo yo… ¡anda, que no hay mesas sobre la faz de la tierra…! Pues por lo visto no, no hay tantas… de modo que los tuvimos sentados frente a nosotros, igual que sendos centinelas de la guardia pretoriana, como si nada ocurriese. Porque ocurrir, lo que se dice ocurrir, nada ocurría, tan sólo “el muy cobarde” y yo presentíamos que debajo de nuestros culos, debajo de nuestros respectivos asientos, se desataba una tormenta en un mar en calma, un seísmo del ocho en la escala de Ritcher, una piscina de lava candente en el fondo de un volcán…
Siempre tuve la sospecha de que “ella” conocía lo nuestro, pero es que además, en aquella comida, tuve la certeza. ¡Caramba! Esa tipeja de mirada penetrante y astuta no me quitó sus malditos ojos de encima durante toda la velada, tanto es así, que la situación no pudo tornarse más embarazosa para mí, y creo que llegué a sentir encima de mis hombros el peso de todas las miradas de todos los comensales de todos los mundos posibles.
Me hubiese gustado huir, pero no pude, no hubiese sido fácil explicarle a mi marido los motivos de mi fuga sin que se sintiese algo molesto, los maridos es lo que tienen… que a veces se enfadan por tonterías. De manera que sólo contemplé la posibilidad de acudir al lavabo como medida cautelar, pero me contuve, ya que estaba casi segura que “ella” vendría detrás de mí a sacarme los colores, los ojos, la asadura…
La comida ya casi concluía y ahora venía lo peor… el martirio de la sobremesa, “ella” seguía firme, como un sargento de semana, escrutándome, calculándome, sopesándome… y yo dudaba que fuese debido al tono azul piscina de mi cabello, un tono precioso y favorecedor, las cosas como son, es más, estaba convencida de que sus intenciones de fulminarme eran debidas a otros asuntos, a lo del volcán, al maremoto y todo eso… Así que, sin más dilación, decidí levantarme a los postres para ir al baño y, ya de paso, matar dos pájaros de un tiro: aliviar mi vejiga a punto de estallar y evitar su mirada inquisidora. A todo esto, “el muy cobarde” parecía de lo más tranquilo, de vez en cuando me lanzaba un reojo, de hito en hito, sin ninguna expresividad en su rostro moreno, sin ningún atisbo de caricia o reprobación en sus ojos azabache. Nada. No pensé en ningún momento que su indiferencia fuese motivada por desdén o desagrado hacia mi tono azul piscina de cabellera, la verdad, pues hay que reconocer que estaba monísima, y simplemente deduje que “el muy cobarde” quería hacerse el interesante.
Llegué al lavabo y me sentí la mar de reconfortada viendo que había cola para entrar, de ese modo estaría más protegida en caso de que esa arpía celosa irrumpiese allí, que irrumpió, ya lo creo que lo hizo… no tardó ni un minuto en presentarse, a cantarme las cuarenta, pensé nada más verla. Ignoro si trascendió mi ansiedad y nerviosismo, pero lo cierto es que mi corazón saltaba dentro del pecho y pugnaba por escapar entre mi boca, pom…pom…pom… los latidos eran audibles como redobles de tambor, aunque el tambor dejó de redoblar en seco cuando “ella” me lanzó a bocajarro aquella pregunta que cortó  el aire igual que cuando restalla un látigo sobre una tarima. Sentí todas las miradas de todas las mujeres que aguardaban turno para aliviarse; eso sí… di por bien sentado que admiraban con envidia mi espléndida cabellera color azul piscina, lo cual me dio fuerza para repeler su arremetida con fiereza y soberbia, sabedora de que no hay mejor defensa que un buen ataque.
-Sí, soy yo, “la otra”… ¿qué pasa…? Nos queremos, eso es todo, pregúntale a él –al muy cobarde- y verás lo que te dice- Le dije en tono desafiante.
“Ella” me miró otra vez, pero en esta ocasión con estupor, en realidad me escudriñaba poro a poro como si yo estuviese loca, delirando, borracha, drogada… algo así. Después miró a las otras mujeres que estaban esperando, “ellas” le devolvieron la mirada, pero “ella”, altiva, ni se digno a recogerla, qué sé yo… allí todo el mundo miraba a todo el mundo y luego todo el mundo me miraba a mí. Un lío. La humanidad, femenina en este caso, conspiraba para ponerse en mi contra; me dolían en el alma aquellos dardos a pares que se clavaban sobre mis guedejas azul piscina como si me las quisiesen arrebatar, de hecho me eché ambas manos a la cabeza de manera preventiva, de igual forma que la gestante protege su vientre ante cualquier agresión por leve que ésta sea.
De nuevo “ella” habló -yo que había pensado que mi firmeza había diezmado su arrogancia… – y dijo:
-¿A quién dices que pregunte qué? Sólo quiero saber si tú eres la última... para entrar... ahí... nada más… no sé por qué te pones así.
El tambor ése que antes redoblaba como un loco dentro de mi pecho, dio en hacerlo de nuevo, y un calor de fuego amenazó con abrasar mis mejillas cuando oí sus preguntas, cuando vi asomar su sonrisa burlona, cuando vi todos aquellos ojos codiciosos, de todas aquellas arpías de pelo amarillo, clavarse sobre mí… cuando vi peligrar la integridad de mi pelo color azul piscina.
Salí del lavabo como alma que lleva el Diablo, indignada, ofendida y con la vejiga tan llena como una gaita gallega; estaba irritada ante tanta estulticia junta, ante tanta maldad… “qué miserable es la envidia y qué mezquina”, pensé,  “cuando se trata de hundir a alguien, sólo porque luce un moderno y favorecedor peinado en tono azul piscina, no se repara en daños, mira que preguntarme a mí, ¡a mí! siendo “la otra”, que si soy la última… jajajajajaja ¡Soy la otra, soy la otra, soy la otra!! ¡Y TÚ JAMÁS TENDRÁS UN PELO COMO EL MÍO, JAMÁS, QUE LO SEPAS!!! ¿Te enteras?