lunes, marzo 27, 2017

Ayer, en el Auditorio de S. Francisco


Artículo en El Diario de Ávila sobre la actuación de ayer en el Auditorio de S. Francisco, cortesía de Sonsoles Sánchez-Reyes, que es quien me lo ha hecho llegar por esta vía (gracias mil!)
Fue un placer actuar allí, es un lugar mágico y lleno de encanto, ya lo hicimos en otra ocasión, formando parte de Zahorí Teatro con la obra Las Criadas. Cierto que el público se mostró escaso, pero eso no nos choca, ya estamos acostumbrados más a los semi-vacíos que a los semi-llenos, y estamos desacostumbrándonos a buscar para ello siempre alguna justificación: hoy llueve, mañana truena, pasado hará calor, fútbol, elecciones, cabalgatas... etc... el público acude cuando quiere y punto. Afortunadamente no trabajamos para los que no están, lo hacemos para aquellos que se toman el interés de ir a vernos y escucharnos, y que, lógicamente, merecen nuestro esfuerzo más que aquellos que no están presentes. Por eso lo dimos todo, enganchamos con el público abulense que nos obsequió con un largo e intenso aplauso, y hasta hubo quien se tomó la molestia de volver, cuando ya alcanzaba la puerta de la calle, para felicitarnos, concretamente los miembros de una familia, que nos emocionaron cuando el padre decía: "me gustaría escribir en algún sitio acerca de esto, no sé dónde, pero me parece tan bueno lo que hemos visto, que quisiera compartirlo en alguna parte para que la gente os conozca..." ¡gracias, familia!!
Gracias a Ramiro, el responsable del auditorio, que se mostró encantador y solícito en todo momento, y según dijo se emocionó con la obra y evolución del personaje.
Personalmente, disfruté en escena, puede que hasta brillase, pero creo que quien brilló realmente, y me ayudó a brillar a mí, haciéndolo posible desde la oscuridad de una cabina, fue el Rudo. Está mal que yo lo diga, pero sería injusto no hacerlo, felicitar su soberbia labor de ayer. Descargando, montando, instalando todo el tinglado del equipo de luces, iluminando con mimo y sutileza cada punto de interés en la obra, y llevando él solito las dos mesas, iluminación y sonido, sin un solo fallo, ni uno... la música ensamblada con el texto haciendo encaje de bolillos. De verdad, ayer estuvo grande.
Mi pequeño homenaje va dedicado, no sólo al Rudo, sino a todos esos técnicos que, desde el anonimato que procura el hecho de estar parapetados tras una cabina, ayudan a que seamos más grandes los actores sobre un escenario. Cuando todo sale a pedir de boca es como si no estuviesen, como si la técnica fluyera sola de alguna parte, por arte de magia; solo sabemos que "están ahí" cuando hay un pequeño error, una música a destiempo, etc... No parece justo.

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