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sábado, septiembre 28, 2013

CECILIA





Todo era oscuridad en la estancia, todo era el mutismo más absoluto envuelto en un especie de papel de regalo color gris antracita. Las notas que el silencio arrancaba de cada objeto inanimado componían una extraña melodía apagada, en la cual sólo destacaba el chirriar de la puerta de algún vecino tempranero, las campanadas de la Catedral a lo lejos, el zumbido de una mosca despistada que parecía no darse cuenta de que en noviembre ya no hay moscas, o el ladrido de un perro cansado de ladrar contra si mismo en la confortable quietud de una comunidad de vecinos, comunidad, comodidad… ¡la comodidad de un pisito, ja!

Cecilia, sentada en un taburete de la cocina, frente a una taza de café con leche, un relaxin de esos que proclaman los alcaldes más cañeros y castizos del orbe, contaba las horas, los minutos, los segundos que faltaban para que sonase el timbre anunciando el gran momento. Había madrugado mucho y  había dispuesto las cosas con tanta ilusión… No podía fallar nada, todo en perfecto orden. Nada más levantarse de la cama se lavó la cara como los gatos, incluso con menos esmero que muchos de ellos, se peinó sus cortos cabellos con los dedos, como hacía siempre, y preparó lo necesario para la ceremonia, porque a fin de cuentas es lo que venía siendo eso, una especie de  ritual que, mal mirado, adquiría leves tintes satánicos: brebajes, hierbas, armas afiladas… Cuando ya lo tuvo todo listo, cerró la puerta con un golpe seco que retumbó en el silencio, el perro dejó de ladrar, la mosca dejó de volar y se precipitó sobre la fregadera, momento que aprovechó Cecilia para aplastarla bajo una enérgica sacudida de bayeta -¿bayetazo…?-, las campanas de la Catedral dejaron de tañer, pero eso se debió simplemente a que no era la hora de tañer, pues todo el mundo sabe que las campanas no se casan con nadie y tañen cuando quieren o cuando las hacen tañer, incluso a las horas más inapropiadas. Cecilia se preparó el café relaxin y, somnolienta, se dispuso a aguardar el instante anhelado. De vez en cuando una cabezadita amagaba con ponerla a los pies de esos caballos alados que conducen sueños, pero podía más el deber y ese aroma inconfundible que nos despierta los instintos, todos ellos. Permanecía con la luz apagada para ahorrar energía y dinero, pero sobre todo para no romper sus estrechas relaciones con ese gris antracita que siempre la ha acompañado, acompaña y acompañará donde quiera que vaya, de hecho Cecilia no es una mujer color carne, qué vulgaridad es ésa, ella es diferente, y su piel, su aura, su cabello, su sombra, sus sonidos y sus silencios, hasta sus risas… son de color gris antracita. Bostezó, se desperezó y sólo al restregarse los ojos se dio cuenta de que se le estaba corriendo la raya negra que se había perfilado sobre el párpado superior con un lápiz de los chinos. Una manía suya, la de pintarse la raya a esas horas, “me estaré poniendo hecha un Cristo”, pensó.

Por fin sonó el timbre, “ahí está… ¡ya!” Apresuradamente saltó del taburete y abrió la puerta con cautela para no quemarse. El asado en el horno estaba ya en su punto. Tenía el color, la textura y el aroma precisos para hacer de él el mejor manjar del mundo.

En la cocina de Cecilia reinaba la oscuridad y el silencio, en el ambiente flotaba una melodía, la compuesta por aquellas notas que escapan de los objetos inanimados y es tan sólo rota por las otras notas que dimanan de los aromas procedentes de un asado.

Una sonrisa cenicienta iluminó su rostro a medias, de haber estado él, pensó, le hubiese gustado tanto compartir ese asado con ella… El recuerdo de su ausencia le arrancó una lágrima, sólo una, que se deslizó furtivamente por su mejilla como si se avergonzase de ser la única en dar la cara. Se la limpió con el dorso de la mano, y al hacerlo, estupefacta, se dio cuenta de un fraude: el lápiz de ojos de los chinos en realidad no era negro, también era de ese horrible color antracita.