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sábado, septiembre 21, 2013

REPULSA


Cada vez que lo acerco a mi boca, lo miro con repulsa, siento nauseas, asco. Es tan recio y tan grande… eso, cuando no está fláccido y endeble como un gusano encorvado. Y luego siempre su voz de fondo recriminándome, obligándome a hacerlo, unas veces bajo amenazas, otras, utiliza el chantaje emocional. Sabe cómo detesto tener que tragarme eso cada día y pasar por ese trance desagradable, introducirlo en mi boca es algo superior a mí, odio su olor, su forma, su textura, su piel, su color, le odio, le odio, le odio…¡le odio! Finalmente, reprimiendo lágrimas de rabia, procedo al ritual diario: lo tomo con mi mano, retiro la piel hacia abajo y, sin mirarle siquiera, con los ojos cerrados, le asesto una buena dentellada que casi le hace soltar un grito de dolor, pero el muy cabrón no grita, es más… le gusta, ojalá Dios gritase como un cerdo en matanza, así al menos yo gozaría viéndole sufrir, retorcerse… pero no, sólo oigo la voz de mi madre que, machaconamente, desde la cocina, me cuenta todas su propiedades: “es rico en fósforo, potasio, hidratos de carbono, no engorda y es astringente, lo dice hasta la tele, todos los días un plátano, por lo menos”