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domingo, septiembre 29, 2013

EL BUEN POLVO


 
Sí, Doctor, ocurrió de repente, verá… yo estaba sentada delante del teclado, justo al lado de la ventana en una soleada tarde de otoño. El sol traspasaba con fuerza los cristales y formaba una especie de columna donde flotaban millones de partículas de polvo en suspensión, es curioso… cuanto más sol, más polvo, son hermosos los días soleados, pero le dejan a una en evidencia, en realidad es como si una servidora no limpiase nunca, vas, miras en derredor, y sólo se ve el dichoso polvo en suspensión; le juro, Doctor, que yo todos los días le paso la bayeta del polvo a los muebles. De pronto la columna polvorienta ésa que le digo se hizo remolino y giró alrededor de mi portátil, dando vueltas como si fuese un pequeño tornado, pero muy pequeño, sabe… fue algo mágico, realmente mágico, mire usted, las teclas del portátil cobraron vida y empezaron a moverse una tras otra componiendo un escrito sobre la pantalla, el escrito más fascinante que jamás ojo humano haya visto. Yo no daba crédito a lo que leía, no sabría decir si lo que giraba –juguetón- en torno a mi portátil, era un duende, un espíritu, un hada o la improvisación hecha tornado… pero lo cierto es que acabó su tarea dando por concluido el escrito, un relato, tema libre, a doble espacio en Arial tamaño 12, entre cinco y diez folios, justo lo que se requería para participar en el enésimo concurso de relatos breves al que me hubiese presentado de haber tenido un texto decente. El espíritu ése o la nube, lo que fuese, salió por donde había entrado, Doctor, y se llevó consigo todo cuanto había escrito en mi portátil, la pantalla quedó limpia como la patena con tan sólo un documento Word abierto en blanco. Ahora trato de reeditar lo que me pareció que era una hermosa historia, sabe… pero no recuerdo, no puedo escribir nada igual. Veo flotar partículas en torno a mí, el ingenio levita, la suciedad se deposita, mi escasa inspiración me irrita y encima me dan por loca cuando intento presentar a concurso un relato que no existe, argumentando que, por bueno que sea el relato, si no existe, aunque esté en mi mente, no puede ser aceptado como válido. He decidido apelar a la Nube de Polvo para que me ayude en mis tareas literarias. Ha rehusado colaborar conmigo, declina mi invitación alegando que ella es libre de echar el polvo con quien quiera, y puesto que echa sus polvos gratis, lo hace cuando y con quien desee; aquí estoy, Doctor, desolada aguardando a que la dichosa nube de partículas polvorientas se acuerde de mi, y de paso, cuando me asista, tenga la amabilidad de no dejarme a medias. Como siempre. Y usted empeñado en recetarme pastillas, como si una estuviese majareta o viese visiones, desde luego… ¡psiquiatras! todo lo arreglan a “pildoretazo” limpio!