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martes, octubre 15, 2013

LA CIUDAD DUERME


La ciudad duerme.
Las farolas amarillas son vigías somnolientos.
Los taxis reposan en fila india junto a la acera, ladeando sus tocados de luciérnagas verdes.
Los escaparates de los comercios cierran sus párpados velando el claro de sus miradas.
Un borracho se tambalea, va de lado a lado y sus pisadas de alcohol se arrastran dejando surcos en el suelo.
Un semáforo, parpadeante y cansino de trabajar todo el día, se pregunta para qué.
Un coche patrulla le responde porqué.
Un conductor suicida, a bordo de un Audi blanco, rasga el silencio de las tres de la mañana, y le hace un siete, desoyendo las recomendaciones de las señales de tráfico.
Las farolas, sorprendidas, abren sus ojos amarillos de par en par.
Los taxis recomponen sus tocados de luciérnaga y se pelean por la mejor esquina, deseosos de hacer la calle.
Los escaparates, tras las rejas, se desperezan y abren sus fauces mostrando el género al escaso respetable que transita: un borracho que pasaba por allí, el cual se lleva un susto de muerte al oír el claxon reprobatorio de un Audi blanco que casi le arrolla.
Un semáforo parpadeante y cansino de trabajar todo el día se pregunta para qué cuando un Audi blanco y un coche patrulla que va tras él, cargado de luces y de sirenas, no le prestan la debida atención.
Nadie responde.
La ciudad duerme.
Yo trabajo oculta tras las cortinas de algún sitio, alumbrada por la mirada amarilla de las farolas y las luciérnagas verdes de los taxis, reconfortada por la soledad de los escaparates y los borrachos, francamente molesta por el estridor del motor de algún Audi blanco que se conduce como un loco y por las dichosas sirenitas de colores de los coches de policía, y plenamente identificada con el semáforo cansado que, tras currar todo el santo día, se pregunta para qué.