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martes, octubre 08, 2013

UNA VEZ QUE EL LOBO SE COMIÓ A LA VIEJA...


 
Una vez que el lobo se comió a la vieja, ya no le quedaron ganas de más. Sus carnes, tirando a exiguas, eran sólo huesos y pellejo, estaban duras como leña. El lobo también era viejo, su dentadura estaba destinada a trabajar con yogures y purés. Y encima luego estaba el lío ése de la digestión, con sus flatos, pirosis y demás adláteres.
Eructó ruidosamente y se tomó un sobre de sal de frutas; al rato notó cierta sensación de alivio que se acrecentó cuando expelió un par de sonoros pedos, que hicieron tambalear la lámpara del techo y revolverse nerviosos sobre la mesa los tapetes de ganchillo de la abuela.
Caperucita aguardaba ansiosa que llegase su momento: “Al menos conmigo reventará de gozo este cabrón”.
Pero qué va… el lobo se recostó de nuevo en la cama, tras echar una prolongada meada en el orinal, bostezó, miró a Caperucita con ojos somnolientos, y se dio la vuelta contra la pared, roncando pocos segundos después como si no hubiese un mañana.
La Caperucita, en picardías y ligueros, se agitaba en el asiento donde permanecía amordazada, maniatada y patiatada con unas esposas. Sus muñecas, tumefactas, empezaban a dar síntomas de severo compromiso vascular, “no falla”, pensaba, “no sé cómo se las apaña, pero este tío siempre me deja al verlas venir, ya me está cansando a mi tanto jueguecito erótico, la próxima vez le voy a decir que juegue con su puta madre”